Llamamos inteligencia emocional a las habilidades que nos permiten conocer tanto nuestras propias emociones como las de los demás y aprender a regularlas. Las emociones tienen un papel muy importante en nuestro día a día ya que cada vez que nos comunicamos con nuestro entorno y con otras personas estamos en contacto con ellas.

 

    Al igual que enseñamos los colores, las operaciones matemáticas, a leer, es necesario e importante enseñar y educar en el conocimiento y manejo de las emociones. La mejor forma de enseñar estas habilidades es con hechos, en vivo y en directo, aprovechando los momentos oportunos para poner de manifiesto las diferentes emociones y sus funciones, por ejemplo, la satisfacción cuando vemos que el menor está contento por algo que ha hecho.

 

    Para el buen desarrollo de la educación emocional es necesario que los adultos se impliquen conociendo bien las emociones y su gestión. Además, existe evidencia científica sobre que las influencias que se ejercen desde los contextos primarios, como la familia o la escuela, son más eficaces en la configuración de la personalidad del menor en comparación con las provenientes de la herencia genética.

 

    Las técnicas básicas que los adultos podemos realizar para educar emocionalmente son:

  • Dar valor tanto a las emociones positivas como a las negativas que experimente el niño. Para ello es importante evitar frases como “como llores por eso no juegas más” ya que los niños pueden entender que hay algo malo en las emociones o en ellos por sentirlas.

  • Escuchar al niño, intentar comprenderlo y empatizar con él. Por ejemplo, no debemos abusar de la distracción para que el niño no piense en el problema dado que el niño podría entender que las emociones no son importantes y perderíamos la oportunidad de trabajar sobre la tristeza, la rabia, los celos…

  • Ayudarle a poner nombre a lo que siente.

  • Buscar con el niño soluciones eficaces a sus problemas.

  • Favorecer la expresión del menor.

 

Otros ejemplos prácticos son, para ayudarle a conocer cada una de las emociones podemos presentar el nombre de una emoción escrita al niño y que este tenga que interpretarla para que otras personas lo adivinen. Otra idea es utilizar dinámicas donde expongamos una situación ficticia, como un enfado entre amigos en el colegio, y desarrollar cómo se sentiría el niño, por qué se sentiría así, se encontraría cómodo con esas emociones…

En el ámbito familiar se pueden llevar a cabo ejercicios con toda la familia donde al final del día cada miembro de la familia dibuje una cara representando a la emoción predominante del día y cuente a los demás el por qué de ese sentimiento. Esto ayudaría a normalizar las conversaciones sobre emociones y a profundizar en su conocimiento.

 

Los beneficios de la educación en inteligencia emocional son que estos niños presentan una menor ansiedad, mayor competencia social, se muestran más seguros y confiados, tienen recursos para regular sus emociones, desarrollan una personalidad equilibrada, poseen actitudes de respeto y de colaboración, les ayuda incrementando su capacidad de esfuerzo y motivación, etc.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *